Textos: Isabel Escauriaza | Fotos: @noah_russell_
24 septiembre 2026
Este ático ocupa la planta superior de un bloque de apartamentos moderno en Angel, al norte de Londres. La vivienda era habitable cuando su propietaria se mudó, pero necesitaba algo más que eso y por eso recurrió a Esme Amberg. Como explica la diseñadora, «quería añadir su propio toque a la propiedad y hacer que el espacio funcionara de forma más adecuada para su manera de vivir». La clienta es una joven profesional que compra aquí su primera propiedad, con una habitación pensada para alquilar.
El encargo partía de una prioridad clara: «un espacio en planta abierta, fluido, que transmitiera calma pero con color y encanto en todo el recorrido». Calma y color no son objetivos opuestos en este proyecto, sino la misma exigencia planteada desde dos ángulos distintos: el espacio debía funcionar en abierto, sin fragmentarse, pero sin caer en la neutralidad que a menudo se confunde con calma.
La cocina concentra la decisión de material más determinante del proyecto. Las encimeras de mármol son, en palabras de Amberg, «un elemento clave de la propiedad», y se combinan con grifería de latón envejecido —el puente clásico de dos llaves y el grifo auxiliar a juego— que introduce una pátina antigua en un edificio de construcción reciente. Los estantes abiertos, cargados de cristal, cerámica verde y un corazón de latón repujado, completan un bodegón doméstico que no depende de la arquitectura de la cocina, sino de lo que se coloca en ella.
El resto de la casa sigue el mismo criterio: paredes en color, telas naturales y una paleta que busca sensación de calidez más que de amplitud. Cabeceros en terciopelo verde oliva, cojines de raya roja, lámparas de latón de altura ajustable y mesillas en madera de raíz aparecen en distintas habitaciones sin repetirse literalmente, pero sí como variaciones de un mismo lenguaje.
El reto de fondo, más allá de cualquier material concreto, era de otro orden: «llevar nuestro estilo de interiorismo, más suave y tradicional, a un espacio estructuralmente moderno». Un ático con ventanales de suelo a techo en cada estancia no necesitaba ayuda para recibir luz —de hecho, sobraba—, así que la intervención en las aperturas no fue por más claridad, sino por lo contrario: cortinas y estores en las ventanas de pared para bajar la intensidad y dar al espacio la sensación acogedora que ese mismo cristal, en exceso, tendía a quitarle. Es una lectura poco habitual del tratamiento de ventanas en interiorismo, donde suele buscarse justo lo opuesto.
La terraza, con mobiliario de fibra tejida en tonos cálidos y vegetación cerrando el perímetro, funciona como una habitación exterior más, no como un añadido. Las jardineras de terracota y los arcos de celosía pintados en verde oscuro repiten el mismo registro de color y textura del interior, sin que el paso a exterior suponga un cambio de vocabulario.
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