El estudio Atelier Parasie junto con Sara Suárez Mayor, diseñó este piso en Barcelona al que llamaron Casa Martínez, concebido para disfrutar de amplios espacios y mucha luz natural.
29 julio 2026
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Antes de vivir en Barcelona, esta familia hispano-francesa vivía en la isla Mauricio. Él nació en Barcelona; ella es parisina; los dos hijos, adolescentes, habían crecido en una casa con mucho espacio alrededor. La mudanza a un piso de 190 metros cuadrados en la Plaça Reial, en pleno Ciutat Vella, suponía un cambio de vida en el sentido más literal: había que aprender a vivir de otra manera, en un espacio mucho más contenido, sin renunciar a la sensación de amplitud a la que estaban acostumbrados.
Ese fue el encargo que recibió Atelier Parasie, entonces Parasie Suárez Arquitectos, en colaboración con Sara Suárez Mayor (actualmente en Pabellón 33): redistribuir por completo un piso en mal estado de conservación, con techos altos, bóvedas catalanas decoradas y suelo hidráulico original, pero sin luz natural en su zona central. Los clientes pidieron que cada estancia fuera lo más amplia posible y, sobre todo, que la casa dejara entrar luz allí donde antes no llegaba. También querían que la zona de día se abriera hacia la plaza y que el espacio central tuviera un uso polivalente, capaz de adaptarse a los distintos momentos del día de una familia de cuatro.
La respuesta al reto de la luz fue liberar el centro de la vivienda. Pero el gesto que define el proyecto es otro: cómo tratar la fachada que da a la Plaça Reial, uno de los emplazamientos más singulares de Barcelona. En lugar de dejar esa fachada como un simple límite, el estudio decidió «habitar la fachada«: darle un espesor para crear bancos, repisas y encimeras que invitan a la contemplación desde cerca. Contra ella se levanta una biblioteca continua que incorpora nichos, estanterías y asientos, siguiendo el ritmo de las ventanas originales. Los huecos se enmarcaron para reforzar la conexión visual con la plaza, y el mismo mueble se prolonga hasta la cocina, donde se convierte en la carpintería integrada que organiza ese espacio. Es una casa pensada para mirar hacia fuera desde muy cerca: bancos, repisas y encimeras que invitan a sentarse junto a la ventana en lugar de solo cruzar por delante de ella.
El recibidor sigue la misma lógica de convertir el paso en uso. Lo que antes era una zona de tránsito se transformó en un distribuidor con carácter de despacho. El tabique que lo separaba del salón se revistió de madera, se engrosó para alojar almacenaje y nichos, y se abrió con vanos más generosos. Los pasos entre estancias quedaron enmarcados, lo que da presencia a los umbrales y refuerza las vistas cruzadas entre habitaciones.
El material que sostiene todo este lenguaje es la madera de castaño, empleada en toda la carpintería y en el mobiliario arquitectónico diseñado a medida, junto con madera lacada en un tono claro y suave y las nuevas ventanas de madera. Frente a las preexistencias —el suelo hidráulico y las bóvedas con vigas decoradas y revoltones pintados—, el castaño actúa como el elemento que vincula el carácter patrimonial del piso con una funcionalidad pensada para el uso actual. «El uso de la madera de castaño ha sido muy útil para constituir ese vínculo entre el presente y el pasado«, explica el estudio. La paleta se mantiene en el mismo registro: crema cálido en techos, paredes y la luz general de la casa, beige arena en las vigas y detalles arquitectónicos, tono medio de madera en revestimientos y carpintería, y grises en el pavimento hidráulico y los detalles de suelo.
La habitación matrimonial recoge el mismo criterio a escala más íntima: una suite con un baño amplio y luminoso, y un dressing que reutiliza puertas procedentes de la casa original, como forma de mantener un vínculo material con lo que había antes de la reforma. La intervención, además, no se quedó en lo visible: mejoró el aislamiento y el acristalamiento e incorporó un sistema de climatización aerotérmica, lo que sitúa al piso en una calificación energética B, algo poco habitual en un edificio histórico de este tipo.
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«El mayor reto ha sido de conseguir apoyarse sobre el carácter patrimonial, y toda la riqueza material preexistente (techos altos, suelo hidráulico, techos con voltas decoradas, paredes de obra, ventanas altas de madera) para aportar un lenguaje propio a la casa, con líneas más contemporáneas y una funcionalidad adaptada a los usos actuales«, resume Atelier Parasie sobre el conjunto de la intervención.
El resultado es un proyecto que no trata el patrimonio como un valor a exhibir, sino como un punto de partida sobre el que construir una forma de habitar distinta: una casa en la que las ventanas —y lo que se hace justo delante de ellas— organizan buena parte de la vida doméstica.
SOBRE ATELIER PARASIE
Atelier Parasie trabaja en su forma actual desde 2024, aunque su recorrido se remonta a 2015, cuando Vincent Parasie y Sara Suárez Mayor (actualmente arquitecta en Pabellón 33) fundaron Parasie Suárez Arquitectos, el estudio bajo el que se realizó Casa Martínez en 2023. Actualmente el equipo lo forman tres personas, con proyectos principalmente residenciales y de oficinas, y trabajando habitualmente entre España, Francia y, de forma ocasional, Bélgica.
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