DISEÑO, INTERIORES Y CASAs DE VERDAD

Cómo se refrescaban las casas tradicionales

El verano siempre ha sido intenso en gran parte de España, pero tradicionalmente se combatía con soluciones diseñadas en torno a trucos y hábitos que permitían crear zonas de descanso y confort en los espacios interiores, y que merecen ser recuperadas y repensadas.

Textos y Fotos: Isabel Escauriaza

13 julio 2026

AVISO: Para redactar este artículo hemos recurrido a herramientas de IA que nos han ayudado a documentar y estructurar el contenido. 

Interior de una vivienda en la isla de Gran Canaria

Antes del aire acondicionado, el frescor de una casa dependía de lo que había dentro: qué suelo se pisaba, qué tela cubría una ventana, dónde se guardaba el agua, qué mueble se cambiaba de sitio según la estación. La arquitectura tradicional española resolvió el problema del calor con muros y patios, pero fue el interior de la casa (con los materiales elegidos, los textiles, el mobiliario o los objetos de uso diario) el que convertía esa estructura en un espacio habitable en agosto, un refugio. En este artículo recogemos algunas de esas soluciones domésticas tradicionales como un conjunto de decisiones de interiorismo que hoy se pueden recuperar.

Interiores de la Casa de Don Bosco, en Ronda, Málaga
Interiores de la Casa de Don Bosco, en Ronda, Málaga

Durante siglos, en España se vivió el verano sin ningún aparato que enfriara el aire. El frescor de una casa no dependía de un mecanismo, sino de una serie de decisiones tomadas dentro de ella: qué material se pisaba, qué tela cubría una ventana, dónde se guardaba el agua, en qué rincón de la casa se pasaba cada hora del día. La arquitectura popular española —la de los cortijos, las masías, los patios cordobeses, las casas manchegas, las viviendas payesas de Baleares y las casas tradicionales de Canarias— resolvió el calor sobre todo con muros y con la disposición del edificio. Pero fue el interior de esas casas, y las costumbres domésticas que lo acompañaban, lo que convertía esa estructura en un espacio habitable en pleno agosto. Todo ese repertorio de materiales, objetos y hábitos se deben mirar de nuevo para servir de aprendizaje en la nueva adaptación que exige el clima actual.

El patio, la estancia que se activaba en verano

El patio es, en la mayoría de estas tradiciones, el espacio que absorbía la vida doméstica en los meses de calor. En Córdoba se llenaba de macetas, agua en una fuente o alberca, y sombra vegetal, y era ahí donde se concentraba la actividad de la casa mientras las habitaciones interiores quedaban en un segundo plano. En la casa manchega, el patio tenía el suelo de tierra apisonada, no enlosado, y se regaba de forma somera al atardecer para que la humedad refrescara el ambiente durante la noche (David Cejudo, Arquitectura Popular Manchega). En Canarias, el patio se pavimentaba con una mezcla de barro y cal, con ligera pendiente, que conducía el agua de lluvia hasta el aljibe: el mismo suelo cumplía una función térmica y otra de almacenaje de agua (estudio «La cal como material bioclimático en la arquitectura tradicional canaria»).

El suelo de barro y terracota

El suelo es la superficie con la que más tiempo se está en contacto, y por eso fue uno de los elementos más pensados. En el cortijo andaluz, la terracota y el barro cocido convivían con la madera de vigas y puertas como parte central del interiorismo de la casa (Metrovacesa, «El cortijo andaluz: cómo es este tipo de construcción»). El barro, además de mantenerse frío al tacto, es un material que absorbe humedad ambiental y la libera lentamente, lo que contribuye a estabilizar la temperatura de una estancia a lo largo del día.

La cal, un mantenimiento más que un acabado

La cal blanca de las fachadas no era un acabado fijo, sino una tarea que se repetía cada primavera, antes del verano. Su función no era solo estética: la superficie clara refleja buena parte de la radiación solar, y la cal actúa además como desinfectante natural. Es, probablemente, el material más característico de toda la arquitectura popular mediterránea española, presente por igual en Andalucía, La Mancha y Canarias.

Los tapices, alfombras y textiles del cortijo

En el cortijo andaluz, la decoración de interior combinaba alfombras y tapices con los suelos de terracota y la madera vista de vigas y mobiliario (Metrovacesa, «El cortijo andaluz: cómo es este tipo de construcción»). En las ventanas de los patios andaluces, es habitual encontrar estores de fibra vegetal como alternativa a las rejas de forja: dejan pasar el aire pero cortan la incidencia directa del sol (Arquitectura y Diseño, «7 ideas para crear un patio andaluz en tu casa»).

El porxo de las casas payesas

En Ibiza y Mallorca, el porxo —un porche cubierto, parte esencial de la casa payesa— es uno de los espacios documentados como centrales en la construcción tradicional de estas islas (Carlos Marquès Barceló, «Construcció tradicional de Mallorca», Universitat de les Illes Balears). Es el espacio intermedio entre el interior cerrado y el exterior, pensado para permanecer en él durante buena parte del día en los meses cálidos.

Las tinajas y los cántaros

Antes de la nevera, conservar algo fresco era una cuestión de qué recipiente se usaba y dónde se colocaba. La tinaja y el cántaro de barro cocido, presentes en patios manchegos y andaluces, conservaban el agua y los alimentos a una temperatura más baja que el ambiente por la porosidad del propio material, que permite una ligera evaporación en la superficie.

Los muros gruesos como aislante, vistos desde dentro

Los muros del cortijo y de la masía catalana —de piedra, ladrillo o tapial, con espesores que en la masía llegan a 60-80 centímetros— tienen una inercia térmica alta: el calor tarda horas en atravesarlos. Desde el interior, esto se traduce en un tipo concreto de decisión de interiorismo: los muros gruesos generan vanos profundos en ventanas y puertas, que tradicionalmente se aprovechaban como poyetes, alacenas empotradas o espacio de asiento, integrando el grosor estructural en el uso cotidiano de la habitación.

Porche de acceso con muros de piedra en una vivienda tradicional del País Vasco
Ventanas protegidas con persianas enrollables de madera en Pedraza, Segovia

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Soluciones de hoy, inspiradas en la tradición

  • Suelo de barro cocido, terracota o gres en la zona de más uso en verano, en vez de moqueta o tarima flotante.
  • Cal o pintura mineral en tonos claros en fachadas y paredes muy expuestas al sol, por su capacidad de reflejar calor.
  • Alfombras y textiles gruesos fuera en verano, sustituidos por lino o algodón en cortinas y tapicerías.
  • Estor o cortina de fibra vegetal (bambú, esparto) en ventanas muy soleadas, en lugar de persiana opaca todo el día.
  • Terraza o balcón como una estancia más, con mobiliario y sombra, para trasladar allí la vida diurna en los meses de calor.
  • Jarras y recipientes de barro para agua o alimentos en la cocina, aprovechando su efecto refrescante natural.
  • Vanos y huecos profundos (si los hay) aprovechados como asientos o estanterías, en vez de dejarlos vacíos.
  • Reorganizar qué estancia se usa según la hora, en vez de climatizar toda la casa por igual todo el día.
  • Persiana o toldo exterior en lugar de solo cortina interior: frenar el calor antes de que atraviese el cristal es más eficaz que hacerlo después.
  • Plantas de hoja grande en balcón o terraza junto a las ventanas más soleadas, para dar sombra sin cerrar el paso de aire.
  • Ropa de cama de lino o algodón en lugar de sintética, por su capacidad de absorber humedad y transpirar.
  • Cerámica y esmaltados en tonos claros en cocina y baño, materiales fríos al tacto y fáciles de mantener frescos.
  • Ventilación cruzada programada (abrir a primera hora y al anochecer, cerrar durante las horas centrales) en vez de mantener ventanas abiertas todo el día.
  • Mobiliario ligero y desmontable para exterior, que permita mover la vida de la casa a la terraza o el balcón según la temporada.
  • Cortinas dobles (un visillo ligero de día y una tela más opaca solo para la noche), en vez de una única cortina fija todo el año.
  • Macetas grandes de barro sin esmaltar en lugar de plástico, porque el propio material ayuda a mantener fresca la raíz de la planta.
  • Espejos y superficies reflectantes orientados para redirigir luz sin necesidad de abrir del todo una persiana en las horas de más sol.
Fachada encalada en una casa de Benahavis, Málaga
Patios y jardines de la Alhambra, Granada

Desde luego, nada de esto exige un patio de piedra ni un muro de un metro de espesor. Lo que sí puede trasladarse el comportamiento, el hábito: elegir superficies frías al tacto —barro, piedra, cerámica— en las zonas de más uso en verano; recuperar el gesto de guardar agua o alimentos en recipientes de barro; concentrar la vida diaria en la zona más fresca de la casa según la hora, en vez de climatizar toda la vivienda por igual. Estas casas no resolvieron el calor con un solo objeto, sino con decisiones de interior que se repetían cada año. Esa forma de habitar es lo que queda por recuperar, la dinámica que permite crear interiores confortables en las estaciones cálidas reduciendo el coste energético de la climatización artificial.

Bibliografía

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